Fragmento del cuento "La noche feliz de Madame Yvone" de Marvel Moreno:
Madame Yvone guardó silencio. Decididamente Gastón estaba imposible esa noche. Y todo porque no podía sufrir a Polidoro, le crispaba que fuera homosexual. Las veces que lo había encontrado en su casa de Siape se había mostrado con él grosero, particularmente grosero. Lo remedaba, discutía cuanto decía, apenas Polidoro abría la boca, ya Gastón estaba en guardia. ¿Y qué, a fin de cuentas? Que Polidoro prefiriera a los hombres no era asunto suyo, ni de él, ni de nadie. Aque rechazo a la homosexualidad, ella, Madame Yvone, lo resentía como un agravio. El marica, el judío, la mujer, el negro... la bruja. Todo lo diferente, lo que con su existencia negaba el mundo que para su propia desdicha los hombres se empeñaban en prolongar. Un mundo que les daba el poder y los hacía infelices, que a duras penas si los dejaba vivir. Qué insensatez. Mil religiones, mil filosofías, siempre recorriendo con anteojeras el mismo camino, desembocando inevitablemente en el mismo desastre. Pero en nombre de los valores que le permitían vociferar órdenes desde el puente de mando del "Albert 1" Gastón, un hombre inteligente, habría aplastado como una cucaracha a Polidoro. Polidoro que sugería, ¿qué sugería qué?, se preguntó Madame Yvone. De repente interesada, aislándose del ruido y de la música, temiendo que cualquier cosa viniera a distraerla. porque algo se volvía verdad en su mente, algo que escapaba a las palabras y era... otra visión, pensó, una relación diferente entre los hombres. Eso, eso justamente, un orden capaz de desarmar la agresividad, o quizás, o tal vez, canalizarla hacia mejores fines. Y al pensarlo, Madame Yvone tuvo la impresión de sentir aquella verdad como absoluta, de rozar la certidumbre por primera vez.
Qué idea feliz, se dijo contenta de sí misma. Y nunca antes le había venido a la mente, no de ese modo, con tanta claridad. Pero con toda aquella champaña su verdad podía extraviarse, volar como una mariposa. No, ella estaba lúcida, jamás había estado tan lúcida. Acababa de descubrir por qué Gastón odiaba a los homosexuales, Polidoro o el que fuera. ¿Por qué?, no iba a olvidarlo ahora. Veamos, se dijo Madame Yvone. Porque anunciaban, ¿qué cosa?, el hombre, eso, el hombre que iba a suplantar a todos los capitanes del mundo. Sí, justamente, a todos los que decían haz esto, haz aquello. (Aunque Polidoro con su vestimenta estrafalaria les sirviera el plato en bandeja de plata, tendría que explicárselo). No importaba. Algún día esos seres andróginos de corazón amable establecerían sin proponérselo, sin buscarlo incluso, una relación más humana entre los hombres. Y entonces, contra aquella lógica despiadada que había obstruido el pensamiento, la gente descubriría las posibilidades que ella, Madame Yvone, tanteando como ciega, intentaba desvelar. Eso, Gastón no podía entenderlo, en el fondo, a pesar de su inteligencia, de su maravilloso escepticismo, Gastón seguía siendo un reaccionario.


